Los riesgos de fatiga de alerta no son teóricos. Se manifiestan en incidentes de seguridad del paciente, violaciones de seguridad, interrupciones operativas y fallas en el cumplimiento normativo. Los profesionales comienzan a desconfiar de los sistemas de alerta debido al gran volumen de alertas que enfrentan, lo que hace que anulen, retrasen o descarten las notificaciones.
En un caso alarmante de atención médica, a un niño se le administró una sobredosis 39 veces mayor de un antibiótico común. El sistema emitió múltiples alertas, pero los médicos abrumados, inundados por alertas constantes mientras estaban de guardia, las anularon. El problema no eran los datos; era fatiga alerta (un subconjunto de fatiga alerta específica de entornos clínicos).
En ciberseguridad, el patrón se repite. Los SOC reciben miles, si no decenas de miles, de alertas diariamente. Esta sobrecarga puede provocar respuestas retrasadas y una mayor vulnerabilidad a las filtraciones de datos.
Los actores maliciosos incluso han aprendido a utilizar la fatiga alerta como arma, lanzando grandes volúmenes de eventos de baja prioridad para distraer a los analistas y ocultar la actividad maliciosa a plena vista, una táctica que a veces se denomina "tormenta de alertas".
Otras industrias no son inmunes. En energía, las alertas de seguridad ignoradas pueden provocar tiempos de inactividad de la red. En finanzas, demasiadas alertas pueden interferir con la respuesta a incidentes . El peligro no se limita a una vertical; es universal dondequiera que la intervención humana en tiempo real sea esencial.
Y ahora, con la inteligencia artificial (IA) jugando un papel central en las operaciones, lo que está en juego es aún mayor. La fatiga alerta amenaza la integridad de estos sistemas al alimentarlos con datos irrelevantes, abrumar los flujos de trabajo de priorización y socavar su capacidad para detectar amenazas reales en entornos de gran volumen.
Si no se controla, la fatiga de alerta puede tener impactos graves, que incluyen:
- Agotamiento y problemas de personal: las alertas constantes causan fatiga cognitiva, tensión emocional, desgaste y reducción de la vigilancia entre los miembros del equipo. La exposición persistente a alertas excesivas también puede deteriorar la moral y la satisfacción laboral en general.
- Incidentes perdidos y fallas de respuesta: las alertas procesables se pierden en el ruido, lo que aumenta los tiempos de respuesta y el riesgo de violaciones de seguridad. Como resultado, la fatiga alerta puede contribuir directamente a amenazas críticas pasadas por alto.
- Rendimiento degradado de la IA: la mala calidad de los datos de entrada dificulta la eficacia del machine learning (ML) en la detección de amenazas. Cuando los modelos de IA se entrenan con datos ruidosos e irrelevantes, su precisión predictiva disminuye.
- Riesgos de cumplimiento y responsabilidad: la fatiga alerta no solo afecta la eficiencia operativa, sino que también puede tener consecuencias financieras y legales sustanciales. No responder a los problemas críticos de manera oportuna puede desencadenar sanciones regulatorias.