Alan Turing, a menudo considerado el padre de la informática moderna, sentó una base crucial para el discurso contemporáneo sobre la singularidad tecnológica. Su artículo fundamental de 1950, "Computing Machinery and Intelligence", introduce la idea de la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente equivalente o indistinguible del de un humano. En el centro de este concepto está su famoso Test de Turing, que sugiere que si una máquina puede conversar con un humano sin que éste se dé cuenta de que está interactuando con una máquina, podría considerarse "inteligente". Este concepto ha inspirado una amplia investigación sobre las capacidades de la IA, lo que podría acercarnos a la realidad de una singularidad.
Stanislaw Ulam, conocido por sus trabajos en matemáticas y reacciones termonucleares, también contribuyó de manera significativa a las tecnologías informáticas que sustentan los debates sobre la singularidad tecnológica. Aunque no está directamente relacionado con la IA, el trabajo de Ulam sobre los autómatas celulares y los sistemas iterativos aporta ideas esenciales sobre los sistemas complejos y autorreproducibles que constituyen el núcleo de las teorías de la singularidad. Su colaboración con John von Neumann sobre los autómatas celulares, sistemas computacionales abstractos y discretos capaces de simular diversos comportamientos complejos, es fundacional en el campo de la vida artificial e informa los debates actuales sobre la capacidad de las máquinas para replicar y superar autónomamente la inteligencia humana.
El concepto de singularidad tecnológica ha evolucionado considerablemente a lo largo de los años, y sus raíces se remontan a mediados del siglo XX. A John von Neumann se le atribuye una de las primeras menciones del concepto de singularidad, especulando sobre una "singularidad" en la que el progreso tecnológico se volvería incomprensiblemente rápido y complejo, lo que daría lugar a una transformación más allá de la capacidad humana de anticipar o comprender plenamente.
Esta idea fue aún más popularizada por figuras como Ray Kurzweil, que relacionó la singularidad con la aceleración del progreso tecnológico, citando a menudo la ley de Moore como ejemplo ilustrativo. La ley de Moore establece que el número de transistores de un microchip se duplica aproximadamente cada dos años, mientras que el coste de los ordenadores se reduce a la mitad, lo que sugiere un rápido crecimiento de la potencia de cálculo que podría conducir finalmente al desarrollo de una inteligencia artificial que supere a la humana.
La hipótesis subyacente en el argumento de que la singularidad se producirá, si es que puede, tiene su origen en la evolución tecnológica, que es generalmente irreversible y tiende a la aceleración. Esta perspectiva está influenciada por el paradigma evolutivo más amplio, que sugiere que una vez que surge una nueva capacidad poderosa, como la cognición en los humanos, finalmente se utiliza en todo su potencial.
Kurzweil predice que una vez que la IA llegue al punto de ser capaz de mejorarse a sí misma, este crecimiento será exponencial. Otra voz destacada en este debate, Vernor Vinge, profesor jubilado de matemáticas, informático y autor de ciencia ficción, ha sugerido que la creación de inteligencia sobrehumana representa una especie de "singularidad" en la historia del planeta, ya que marcaría un punto más allá del cual los asuntos humanos, tal y como se entienden actualmente, podrían continuar. Vinge ha declarado que, si la IA avanzada no encontrara obstáculos insuperables, conduciría a una singularidad.
El debate gira a menudo en torno a la idea de que no existen leyes físicas que impidan el desarrollo de sistemas informáticos que puedan superar las capacidades humanas en todos los ámbitos de interés. Esto incluye la mejora de las propias capacidades de la IA, lo que probablemente incluiría su capacidad para mejorar aún más su diseño o incluso diseñar formas de inteligencia totalmente nuevas.
Roman Yampolskiy ha destacado los riesgos potenciales asociados a la singularidad, en particular la dificultad de controlar o predecir las acciones de las IA superinteligentes. Estas entidades no solo podrían operar a velocidades que desafían la comprensión humana, sino que también podrían participar en la toma de decisiones que no se alinean con los valores humanos o la seguridad.